Su cara estaba
vacía. No era negra, no es que le faltase nada. Simplemente mirarle a la cara
era mirar un pozo sin fondo, un agujero negro. Te absorbía. La sangre dejaba de
circular por tus venas cuando extrañamente el corazón latía con tanta fuerza
que parecía que te dieran puñetazos desde el interior de la caja torácica. No
podías apartar la vista de sus ojos, ojos inexistentes. Vacío. Horror.
Un nudo en el
estómago y ya no sentías la lluvia caer sobre ti de forma tan punzante que
llegaba a hacer daño. Como miles de pequeñas agujas clavándose en tu piel, pero
no te importa. Ese agujero negro te atrae. Estás perdido en su infinidad. Te ha
atrapado. Y ahora no puedes escapar.
Su oscuridad te
envuelve. No puedes hacer nada. Su oscuridad te abraza, y no quieres evitarlo.
Te dejas mecer por esos gélidos brazos y su letal nana es cantada en tu oído.
No te das cuenta, pero en tus ojos se atisba el terror escondido tras una
máscara de deseo. Recuerdas a la víctima de un vampiro, que se deja seducir por
el misterio y el tacto frío de una piel inmortal, cuando en el fondo es
conocedora del peligro que corre dejándose caer en brazos de la criatura. Pero
esto es diferente. No van a desangrarte, no van a clavar colmillos en tu
cuello. No vas a chillar de dolor. Y no vas a hacerlo porque lo que te ha
atrapado no es un vampiro, no es un no-muerto, no es un no-vivo. Es peor. Su
belleza no es física, no se puede ver, se siente. Te estremeces. Yo también lo
hago. Es una visión aterradora, ver cómo te consumes, literalmente. No te haces
cenizas ni te desplomas, pero veo cómo te consumes. No es física ni
mentalmente, es a varios niveles, niveles que no llego a comprender.
Por un momento,
ahí, observando, casi siendo envidia de ti. Es curioso, siento envidia de tu
destrucción. Quisiera ser yo quien está ahí con la mirada fija en esa oscuridad
asombrosa que te hace llorar. Veo las lágrimas grandes y perladas, recorriendo
tu mejilla. Tengo envidia porque mueres observando la belleza de su negrura. La
belleza de tu propia muerte.
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