martes, 10 de septiembre de 2013

Dama Fría

Su cara estaba vacía. No era negra, no es que le faltase nada. Simplemente mirarle a la cara era mirar un pozo sin fondo, un agujero negro. Te absorbía. La sangre dejaba de circular por tus venas cuando extrañamente el corazón latía con tanta fuerza que parecía que te dieran puñetazos desde el interior de la caja torácica. No podías apartar la vista de sus ojos, ojos inexistentes. Vacío. Horror.
Un nudo en el estómago y ya no sentías la lluvia caer sobre ti de forma tan punzante que llegaba a hacer daño. Como miles de pequeñas agujas clavándose en tu piel, pero no te importa. Ese agujero negro te atrae. Estás perdido en su infinidad. Te ha atrapado. Y ahora no puedes escapar.

Su oscuridad te envuelve. No puedes hacer nada. Su oscuridad te abraza, y no quieres evitarlo. Te dejas mecer por esos gélidos brazos y su letal nana es cantada en tu oído. No te das cuenta, pero en tus ojos se atisba el terror escondido tras una máscara de deseo. Recuerdas a la víctima de un vampiro, que se deja seducir por el misterio y el tacto frío de una piel inmortal, cuando en el fondo es conocedora del peligro que corre dejándose caer en brazos de la criatura. Pero esto es diferente. No van a desangrarte, no van a clavar colmillos en tu cuello. No vas a chillar de dolor. Y no vas a hacerlo porque lo que te ha atrapado no es un vampiro, no es un no-muerto, no es un no-vivo. Es peor. Su belleza no es física, no se puede ver, se siente. Te estremeces. Yo también lo hago. Es una visión aterradora, ver cómo te consumes, literalmente. No te haces cenizas ni te desplomas, pero veo cómo te consumes. No es física ni mentalmente, es a varios niveles, niveles que no llego a comprender.

Por un momento, ahí, observando, casi siendo envidia de ti. Es curioso, siento envidia de tu destrucción. Quisiera ser yo quien está ahí con la mirada fija en esa oscuridad asombrosa que te hace llorar. Veo las lágrimas grandes y perladas, recorriendo tu mejilla. Tengo envidia porque mueres observando la belleza de su negrura. La belleza de tu propia muerte.

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